domingo, 21 de abril de 2013


A Esmeralda



Esmeralda, ese hombre,
anciano ya, que llega paso a paso
y abre con mano rígida la puerta
de la panadería, me parece
la viva imagen de lo que seré
un día, si la muerte antes no llama.
Y al verlo solo, mal vestido y triste,
me pregunto si acaso
cuando yo sea él, irás conmigo
para comprar el pan hasta la esquina
y si, como yo un día
te cargué alegremente en estos hombros,
y fui feliz subiéndote a la hamaca,
al tobogán del parque, al subibaja,
y te seguí por la vereda húmeda
llevando un cochecito de juguete
con tu muñeca adentro,
querrás también acompañarme entonces
por un rato no más, hasta la esquina,
y si podré mirarte ―rubio tu pelo al sol―
y sonreír como quien agradece
a la existencia haber vivido tanto.

3 comentarios:

Pablo Anadón dijo...

Hermoso y doloroso, Alejandro, con esa sencillez y precisión de la palabra verdadera y hondamente sentida. Uno duda si felicitar por un poema con una 'materia' existencial tan desgarradora (la vejez siempre lo es, y en tu pregunta del final uno lee también la soledad de tantos que ni siquiera pueden hacerle esa pregunta a nadie), pero sí, transmutar esa materia en belleza ("como decíamos ayer") es digno de felicitación y agradecimiento. Un abrazo.

Melina Giménez dijo...

Hermosura pura.

Tamarit dijo...

Cómo asomarse al futuro... Pero, en la duda, en la vacilación, leo la esperanza.

Me gusta mucho, agrego, el penúltimo verso, su acentuación, que tan bien funciona en ese lugar del poema.

Abrazo desde Córdoba.