domingo, 30 de marzo de 2014


  

El uniforme
 
A la memoria de Alejandro Dachary
 
    En el ropero de la madre cuelga
    vacío para siempre el uniforme
    y encerrado en la sombra apenas puede
    asustar el insomnio de los niños
    o presentar su inhóspita medalla
    al sol que en las mañanas lo revista
    de tanto en tanto. Resignadas pasan
    las manos viejas por la muda lana.
    Las horas de la casa en la penumbra
    lo conservan, bastión de lo llorado,
    y el recuerdo querido que lo llena
    no tiene nada de áridos honores,
    sorda soberbia, espadas y desfiles,
    ni es el teniente, el héroe y el soldado.
    Sólo es el hijo que se fue y no vino.
 
Escrito en Concordia, 
el 26 de abril de 1982
 

lunes, 10 de febrero de 2014

La Arcadia del presente


            Hoy, 9 de febrero de 2014, un domingo que amanece lluvioso, el penúltimo domingo de las vacaciones de verano, me despierto preguntándome vagamente qué será de mí; desayuno junto a Celina, mientras la nena todavía duerme; Fermina, la gata madre, se termina a breves lengüetazos unos restos de quesito untable que Celina le ha dado; Ovidio va y viene, cabizbajo; anoche fue castigado por llevarse y enterrar en el fondo un zapatito de Esmeralda. Con la primera tostada, un verso vuelve a la memoria, aprendido y saboreado en mi niñez remota, y en la voz de Serrat. Un verso lleno de resonancias, que nos deja soñar más allá del contexto en que aparece. Prisionero en la Arcadia del presente, escribía Antonio Machado. Escribía, escribe, escribió. Hoy solamente ocurre la vida, hoy solamente es hoy, aunque nos veamos siempre en una línea movediza que viene de ayer y va a mañana, intervalo fugaz de ansiosa desazón entre el pasado abrumador y el futuro inquietante.
            Vuelvo a oír la canción y a leer los versos. El poema dibuja a un hombre anodino, indolente, negligente: la imagen misma de la nonchalance. Ese hombre es el que está prisionero en su presente, en su Arcadia, en un dichoso e inaferrable territorio; un territorio a salvo, quizá, del dolor, a salvo del temor y de la esperanza, un refugio ilusorio contra el tiempo, aunque su cantar se reduzca al seco golpe de los tacos en la mesa de billar y su poesía última sea la del olivar que aguarda la tarda lluvia. Bajo el bigote gris, labios de hastío / y una triste expresión que no es tristeza, / sino algo más y menos: el vacío / del mundo en la oquedad de su cabeza. ¡Un vacío en una oquedad! O es que, acaso, la oquedad de ese cráneo sabe vaciar la plenitud del mundo, logra anular lo que emerge distinto y fresco en la nulidad de lo consabido, puede en definitiva exclamar, como la bestia paradójica que definía el propio Machado ―el hombre, ese animal absurdo que necesita lógica: Ya estoy en el secreto: ¡todo es nada!
            Sin mucho esfuerzo, creo, se pueden poner al lado del personaje de Machado estos otros endecasílabos, que Mastronardi predicó de sí mismo: Sólo recuerdo y paz, nada te asombra: / gastaste un hombre para verlo en sueños / y has creado libertad para una sombra. Preciso y trágico, el poeta argentino trazaba aquí su autorretrato, sin la ironía compasiva, sin la atmósfera difuminada del español, que prefirió esta vez ocupar su pincel en fijar el rostro de otro... Y es notable que el poema de Machado se llame “Del pasado efímero”; yo supongo que el poeta pinta a un ejemplar de la generación anterior a la suya; pero también es posible que ese hombre sin metas, que parece casualmente arrojado a la playa por un río de olvido y allí quedó varado para siempre, en su presente arcádico, sea el residuo de un pasado que nada trajo, que no ha dejado nada. Para que no dudemos, el poeta aclara: Este hombre no es de ayer ni de mañana, / sino de nunca. De la cepa hispana / no es el fruto maduro ni podrido, / es una fruta vana.
            ¡Ay, cuánto miedo tengo, Dios mío, de ser yo ese hombre!

domingo, 19 de enero de 2014



Ariadna en Naxos
 
                 Cierto, es vivir apenas este instante,
                    como la perfección de esa belleza
                    de mujer que se duerme en la espesura,
                    que reposa sin ansias, sin esperas,
                    y a la que atisba en su futuro un niño
                  que ablandará ese vientre y esos pechos,
                    que abrirá sin piedad esas caderas.
                    Sólo ese instante en que ella es tan hermosa
                    como la música indecible y pura,
                    como el ave en el aire, como el día
                    suspendido en sí mismo y derrumbándose
                    hacia el anochecer, hacia la nada.
                    Sólo ese instante mudo en la espesura.
                    Sólo ese instante y nunca más y olvido.

martes, 14 de enero de 2014


La tela de Penélope

 Por ella nuestra tela está tejida...
 Rubén Darío
       
        En los días y noches del palacio
        de Odiseo, en su Ítaca profunda,
        Penélope tejía y destejía.
        Así el hilo del tiempo en el espacio
        trama y destrama la ilusión fecunda
        desde el primer vagido a la agonía.
 
        Pero tan claro el símbolo parece
        que tal vez engañoso al cabo sea,
        como exceso de luz en la mirada.
        Penélope anochece y amanece
        y a la luz parpadeante de una tea
        teje y desteje en su telar, callada.

domingo, 12 de enero de 2014


Et la lune descend...
 
       Alguien, tal vez, una mujer o un hombre que en la noche o en el atardecer escucha las notas de un piano y cree estar a punto de descubrir un reino encantado, un reino que, si lo encontrara, no sería el camino hacia otro reino sino la meta de todos los caminos, puede sentir que si dispusiera de un lenguaje musical como el de Claude Debussy y hubiera imaginado aquel título: Et la lune descend sur le temple qui fut (título que anuncia en sí mismo la música sin fondo de un poema y que de algún modo resume y supera lo que podría pensarse como el reverso o el negativo de Mallarmé, que es como decir el negativo del negativo: una afirmación tan sutil que se pareciera a la negación de un arte que nació como negativa a sumarse a todos los anteriores intentos de alcanzar el arte), ese hombre o mujer podría entonces, tal vez, aspirar a esa forma última, definitiva y trascendente que el artista anhela, aun a sabiendas de que un logro tal equivaldría al fin del arte, en los dos sentidos de la palabra fin. Pues una obra realmente acabada sería el acabamiento, la consumación y la muerte del arte, de modo que pudiera decirse: Ars summa necavit artem. Por fortuna, o por desgracia, esa meta parece inalcanzable. El artista, siempre insatisfecho, sigue buscando más allá. No le pasará como a Dante, que según creemos no necesitó escribir otro verso después del último del Paradiso ―L’amor que move il sole e l’altre stelle, o como a un poeta, que no voy a nombrar ahora, que declaró haber puesto punto final a su obra. Ciertamente, son pocos los que dan por terminado su libro, los que pueden escribir Amén al final de su Apocalipsis. A la mayoría nos queda seguir intentando, sintiendo que el texto verdadero es el que todavía no hemos escrito, lamentando de cuando en cuando, quizá, no haber hallado lo que algunos llaman con llaneza el Poema y otros más explícitamente el Absoluto.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Lo que dice el espejo

Tres horas después de medianoche, un llanto infantil lo despierta. Mira fugazmente al espejo y ve un ejemplar maduro, y algo más que maduro, de Homo sapiens: no demasiado feo ni particularmente hermoso; lo bastante típico para ser considerado uno del montón. Hay en la cara desvelada un aire de cansancio y tristeza, que no proviene quizá de algo personal ni de la suma de sus años, sino de un estado de la especie. Apenas si un exceso de irritabilidad o de sensibilidad exacerbada, una cierta ansiedad por cosas que no existen o dificultad para aceptar lo que no tiene remedio, pudieran distinguirlo del término medio; pero es posible que esto sea más bien una ilusión suya: si algo distingue a esta raza de antropoides sin pelo es justamente esa condición de su piel y de lo que ellos mismos llaman su espíritu, una condición que los lleva a buscar siempre más allá, a no saciarse en lo seguro y cierto, a combatir por lo que ya es desesperado y a no admitir la muerte. Quizá en él haya algo más, un sentimiento de la historia, podríamos decir, aunque no hay que descartar factores orgánicos infinitamente más prosaicos. Un sentimiento de que la historia ha llegado a un punto crepuscular: una inquietud por el futuro; el llanto infantil quizá lo induzca a esta ilusión de decadencia, a preguntarse qué será de su mundo agitado y menesteroso, donde la violencia y la estupidez llevan siempre la ventaja por sobre la delicadeza y el mérito. Y allí le parece ver una clave de esa cara que lo observa con tan lejana pesadumbre; la impresión de un profundo fracaso que no es suyo sino de todos; un fracaso que nace de experiencias que la memoria no puede sobrellevar, de miles de hombres escuálidos sometidos a golpes y a gritos entre alambradas y perros, de miles de hombres quemados por fuego que llueve desde aviones, prodigios del ingenio que desafían la naturaleza y multiplican el dolor hasta empalidecer los infiernos de la antigua barbarie; de miles y miles que sobreviven revolviendo montañas de basura, mientras quienes los gobiernan sonríen bien maquillados ante las cámaras, exhibiendo urbi et orbi los éxitos de su gobierno, que pueden ser vistos a la vez en todas partes gracias a una compleja red de satélites. Se pregunta cómo ha sido posible todo esto y por qué; por qué el conjunto de los hombres no prefirió la inteligencia, la ternura y la música; por qué no podan su codicia y dejan florecer la amistad; por qué se niegan, por imbécil orgullo, a buscar el modo de ser todos un poco menos infelices... No es imposible, es claro, que todos esos vicios estén pintados o latentes en la cara que mira desde el espejo; y que de allí proceda el resto de esa incomprensible tristeza y de ese extraño cansancio. Los ojos se apartan al fin de esa imagen y casi como si se miraran a sí mismos, entornados los párpados, se preguntan melancólicamente si habrá realmente un futuro donde la niña que ahora ha vuelto a dormirse pueda vivir y ser dichosa. Si, como dijo un gran poeta, aun guarda la esperanza la caja de Pandora. De Pandora, aquella criatura que había recibido del creador todos los dones.

sábado, 17 de agosto de 2013

Todo en ella encantaba...

Libros inolvidables: libros que nos acompañan, sin que nos demos mucha cuenta, toda la vida, y para los que cuenta muy poco que hayan alcanzado el ingreso al canon de quien diablos sea que dicta las preferencias obligadas de los lectores, o que se hayan quedado de este lado. Y quién sabe si no es mejor que sigan de este lado, en la penumbra donde guardamos las cosas más queridas, lejos de la luz pública que afea todo... Releía para mis alumnos, hace unos días, el poema “Gracia plena”, el más entrañable, tal vez, de aquel entrañable libro de Amado Nervo, La amada inmóvil. Y descubrí algo que no recuerdo haber dicho sobre él, en la oblicua, ambigua y acaso ingrata apología que le dediqué hace un tiempo. El poema dice:

Todo en ella encantaba, todo en ella atraía,
su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar...

Y más adelante:

Una dulce y amable dignidad la investía
de no sé qué prestigio lejano y singular.
Más que muchas princesas, princesa parecía...

Y lo que creí descubrir allí (quizá por enésima vez) es que uno de los más penosos y pasmosos horrores de perder a un ser íntimo es la comprobación de que la esencia, la incomparable e irrepetible presencia única de ese ser, o como habría dicho Shakespeare, the thing she was, se pierde irremediablemente a partir del día mismo en que cae el terrón sobre su féretro; que nuestro ser amado (que estamos tan seguros de no olvidar nunca) sufre ahora la ley común y se disgrega, cae bajo la humillación infinita de disolverse en olvido del mismo modo que su cuerpo se deshace en la tierra... De esta sorpresa siempre renovada, siempre insoportablemente angustiosa, y del deseo de evitar ese destino atroz, nació tal vez este poema, como una flor única de amor hacia la amada muerta.

Era llena de gracia, como el Avemaría,
¡y a la fuente de gracia, de donde procedía,
se volvió... como gota que se vuelve a la mar!