miércoles, 12 de enero de 2011

Beethoven

Niñez del mundo. Un canto inconsolable
lejos de la ardua luz de la palabra
susurraba en secreto el indecible,
el religioso nombre de las cosas
sin nombre. Como el canto de la lluvia
o el agua de la acequia deslizándose
sierra abajo entre higueras y sonrojos,
como el oscuro origen del amor
o las ramas que mueve el viento viejo
bajo la luna clara, sigilosa
la música soñaba el hondo tiempo
de donde todo nace. Aquel silencio
que sobreviene entre sus notas, siempre
grávido de sentido, meditando
entre compases, sabe de qué noche
nació lo que se ha escrito por mi mano.

Hace siglos yo oí cómo su música
se derramaba sobre el sordo mundo,
donde el alma se oculta de los hombres
y la amada inmortal abre los ojos.
Sobre la bóveda estrellada
ha de haber un Padre amoroso.

Pues todos son llamados a la fiesta:
nadie excluido queda, libre o trágico,
haya amado la luz o el mar sin bordes.
El laurel de cantar a la alegría
sólo fue concedido a un desdichado.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Hermoso! Alejandro! Y tan cierto!

Alejandro Bekes dijo...

¿Quién lo dice? ¿Quién es el que está de acuerdo conmigo en mi devoción? Como decía el bueno de Marcial, no soy adivino...

laura dijo...

¿Bekes también comienza su poema desde la última frase?

Alejandro Bekes dijo...

El poema comienza por donde quiere, pero creo que en realidad nace de un lugar inaccesible a las determinaciones corrientes, como lo sugiere este mismo texto... Además (al menos en lo que me concierne) no se compone de frases, sino de versos. Lo que lo pone en marcha es un impulso rítmico. Cada cual tendrá su método o su antimétodo.