martes, 22 de marzo de 2016

Cualquier semejanza...









Puesto que nadie me paga por mentir, el lector me creerá si le digo que el cuento que sigue fue escrito hace algunos años (tres o cuatro, probablemente), y que no ha sido pensado para el día de hoy. Si me decido a publicarlo es por miedo a que la realidad lo desborde, por más que me quiera consolar pensando que, si el relato encierra alguna verdad o al menos una hipótesis que a alguien le parezca sugerente, perdurará más allá de las circunstancias; y que, si no es así, los hechos no van a prestarle un significado que no tenga. Pero basta de preámbulos, aquí va.


Táctica y estrategia


El hombre que estaba frente al Emperador, con su casco bajo el brazo y la espada ceñida a su muslo, parecía venir del furor mismo de la batalla. No se había secado el sudor del rostro, no se había lavado el polvo ni las manchas de sangre que le ensuciaban la armadura. Su capa roja se veía desgarrada, sus brazos mostraban muchas cicatrices, algunas a medio cerrar. En aquel ambiente dominado por el mármol, los tapices y el rumor del agua, adonde llegaba tamizada la ruda luz diurna y se difundía, entre un aroma de remotos sahumerios orientales, una música sosegada y amable, el hombre de la guerra parecía tan absurdo como un toro bravo en un vivero de begonias. El Emperador, con su diadema de oro en la frente, vestido con la toga blanca donde brillaba la ancha franja de púrpura, estaba sin embargo dispuesto a escucharlo: dio buena muestra de ello al despedir a las dos bailarinas que comían uvas y conversaban alegremente a sus pies y al ordenar que se retiraran los músicos, que tañían ocultos tras los cortinados. Solamente él, su viejo augur y el exhausto soldado quedaron en el recinto.


Ave, Caesar ―dijo éste cuando se lo invitó a hablar―. Mi nombre es Férreo y soy tribuno de la duodécima legión, acantonada en el Límite Occidental. Vengo, propiamente, del asedio a la ciudad de Constancia. Vengo a pedirte consejo, sumo César, a pedido de tu legado Máximo. Traigo aquí un rollo con sus credenciales.


―No me hacen falta, Férreo ―dijo el Emperador suavemente―. Me bastan las credenciales de tus brazos. En cuanto hayas hablado, podrás ir a mi propia sala de reposo, donde mis esclavas te atenderán como es debido.


Ni la más leve sombra de sonrisa pasó por la cara de Férreo, que continuó así:


―Muchos legionarios tuyos han muerto, César, y seguirán muriendo alrededor de los muros inexpugnables de Constancia. Acaso dirás, o dirán tus estrategas, que ninguna muralla es inexpugnable si no faltan los hombres, los víveres o el valor. Pero esta ciudad... es distinta. Tiene tres rondas de murallas, cada vez más altas. Como un nido de águila, una ciudadela domina el conjunto. La montaña, con paredes casi verticales, protege gran parte del perímetro. La única puerta está hecha de rollizos de roble anudados con aros de hierro más gruesos que el brazo de un hombre. Nuestros arietes fracasan contra ella, nuestras catapultas no logran traspasar la tercera muralla. Los defensores son aguerridos y parecen insensibles a las desdichas del asedio. Creemos que obtienen agua de un manantial secreto, situado montaña arriba, y sabemos que han hecho túneles, túneles que comunican con vastas cavernas, y por ellos salen a aprovisionarse. Hemos puesto guardias en las bocas que descubrimos, hemos matado a muchos, pero sin duda hay otros agujeros por donde pueden salir... El lugar es rocoso, quebrado, lleno de torrentes y despeñaderos, poblado de inmensos bosques, difícil de custodiar aun para tres legiones, no digamos para una sola. Nuestro campamento está en la meseta frente a la ciudad y recibimos los víveres por un ancho camino. Nada nos falta, César, salvo la victoria.


En el silencio que siguió, el Emperador escuchó unas palabras que el viejo augur le susurró al oído. Luego se llevó tres dedos a la frente y pareció meditar un momento. La respiración del soldado era audible y parecía resonar, fatigada, devuelta por los pesados tapices. El Emperador volvió de su ensimismamiento y le dijo:


―Vete ya mismo, Férreo, adonde van a curarte y aliviarte de tu cansancio. En unos días tomaremos una decisión.


Vale, Caesar ―respondió el hombre; hizo el saludo militar y se retiró, acompañado por una esclava sonriente que vestía una ropa translúcida.


Tres días después, Férreo el tribuno regresaba al lugar del asedio, portador de una carta sellada del Emperador para su legado. A partir de entonces, las operaciones militares se redujeron a mantener el sitio en torno de la muralla. Y así pasaron algunos meses. La ciudad resistía. De día en día aumentaba el número de curiosos que se asomaban a la muralla exterior, asombrados de ver al enemigo en esa quietud sospechosa. Los sitiadores, visiblemente, descansaban: paseándose, jugando a los dados, leyendo o tocando la flauta; a lo sumo se ejercitaban en el campo, sin lanzar una sola piedra contra la ciudad.


Al cabo de este tiempo, una ingente caravana, provista de muchísimos carros tirados por caballos, por camellos y hasta por elefantes, llegó al campamento. Los sitiados la vieron y se aprestaron a lo que creían el inminente asalto final. Rígidas órdenes limitaban sus actos cotidianos; todos sentían que esa disciplina implacable era el precio de su libertad y aun de su supervivencia.


El ejército sitiador no volvió a atacar. Los soldados cambiaron las espadas por palas, picos, y herramientas de albañilería. Excavaron cimientos, trazaron planos en la tierra, trajeron piedra cortada de las montañas. Poco a poco fue evidente que estaban edificando algo más que un campamento más sólido. Los vigilantes hombres de Constancia veían, azorados, que frente a ellos empezaba a formarse otra ciudad. La nueva muralla, debidamente consagrada por los pontífices, no era mucho más alta que un hombre. Dentro de ella ascendían las casas y los palacios, desembocaban acueductos y surgían fuentes, se empedraban calles y se plantaban álamos y fresnos. Después llegaron más caravanas. Con el tiempo, un extraño material parecido al vidrio, pero que se dejaba doblar y cortar fácilmente, sustituyó en algunos lugares a la madera y a la piedra. Una luz misteriosa alumbraba de noche las calles perfectamente alineadas. Ruidos de música y de fiestas la alegraban, risas nupciales y llantos de nacimiento, juegos y certámenes, magia y oratoria. Graves filósofos disputaban con indignados poetas. Los escultores burilaban el mármol, los pintores se aplicaban al yeso de los muros. Pronto empezaron a crecer extra muros nuevos barrios populares e incluso aristocráticos. Sus habitantes no parecían cuidarse mucho ni poco de las erizadas murallas de Constancia. Ciertamente, sobre las nueve puertas de la nueva ciudad brillaban letreros rodeados de luces permanentes, donde se leía en la lengua de los sitiadores: Vera Constantia.


Pasó un año, pasaron dos y tres. Un día, una pequeña y tímida embajada de la ciudad sitiada avanzó con bandera blanca rumbo a la ciudad sitiadora. Pidieron hablar con el legado imperial y le solicitaron que levantara el cerco. Pensaban que, en buena ley, no había motivos para seguir en guerra y que una convivencia pacífica entre las dos ciudades adyacentes parecía lo más aconsejable y lo más humano. Dijeron que se comprometían a no agredir en tanto no fueran agredidos y que esperaban que cada cual conservara su tradicional modo de vida, su lenguaje y sus dioses.


El legado respondió que aceptaría levantar el sitio si los sitiados entregaban sus armas, destruían las puertas y las dos murallas interiores y permitían que una guarnición militar, instalada en la Vieja Constancia (tal fue el nombre que usó) vigilara sus movimientos, para estar seguros de que no habría una contraofensiva. Estas condiciones parecieron inaceptables a los embajadores, que regresaron ceñudos y consternados a su rudo baluarte montañés. En éste, los ánimos empezaban a ceder; la rígida disciplina interna contrastaba con la brillante alegría y bullanga de la ciudad nueva, que era visible para quienes se animaban a subir a las murallas. El gobierno se vio pronto obligado a prohibir tales paseos y aun tal curiosidad, que fue declarada blasfema y colaboracionista. Los hombres y mujeres de Constancia la Vieja debieron conformarse con ver el cielo encerrado en el círculo de sus viejos muros, a vivir y a morir allí dentro, a sentir que su ciudad era el mundo y que no había otro mundo fuera de ella. Por las noches, un vago eco de la música y de la magia de la ciudad nueva venía con el viento a perturbar sus sueños y a prometerles algo que no podían definir pero que, acaso por eso mismo, parecía aun más deseable.


Con todo, la generación de quienes habían sufrido el primer asedio y las violencias de la guerra resistió a todas las tentaciones. Demasiado sabían de la crueldad del enemigo, no se olvidaban de sus muertos ni de sus torturados ni de sus desaparecidos. Otra cosa fue cuando pasaron los años y los hijos de aquéllos se vieron en la misma situación de sus padres. Aun teniendo quienes les contaran la historia, no podían entender ni tolerar la rigidez de sus mandatos, que les parecían absurdos. No veían por qué debían quedarse allí dentro, sufriendo toda clase de privaciones, comiendo una ración diaria de arroz y bebiendo agua, si hubiera bastado abrir las puertas para tener una vida mucho más propia de seres racionales. Hubo quienes, desafiando las leyes, intentaron subir a las murallas para contemplar la ciudad nueva, que había seguido creciendo y que ahora abarcaba cuanto podía verse, casi hasta el horizonte, y se derramaba por los valles y escalaba las laderas y florecía en vergeles, en blancas mansiones, en alamedas y en termas y en circos y en anfiteatros. A estos curiosos los alcanzó la férrea policía de Constancia la Vieja y los redujo a prisión. Hubo descontento, pero más pudo el miedo. El miedo, ahora, venía a sustituir al antiguo fervor. Sólo los viejos podían recordar que defendían su libertad. Los jóvenes, en cambio, veían en esto una cruel ironía, pues esa supuesta libertad no era más que una cárcel, que los privaba de las imaginables aventuras y seducciones que prometía la Nueva. Por cierto, no tardaron en descubrir el camino de los túneles y por ellos empezaron a desertar. Los que aparecían así en Vera Constancia eran bien recibidos, se les brindaba asistencia y un lugar donde vivir. Pronto se aclimataron y tuvieron hijos que ya no hablarían la lengua de la Ciudad Vieja. A veces enviaban provisiones o monedas de oro a sus parientes de allá.


El gobierno de la Vieja Constancia fue adoptando poco a poco los modos de una dictadura. Cegó los túneles secretos, prohibió hablar siquiera de la ciudad nueva, obligó a repetir como un credo las convicciones antiguas. Los jóvenes sentían que ese discurso era una triste mentira, pero no tenían modo de rebelarse con alguna esperanza de éxito. Muchos de ellos sólo aspiraban a huir. Otros, comprendiendo el total ciclo histórico, intentaban aceptar su condición y aun pretendían razonarla. Escribían, declamaban, cantaban a veces, su oposición irreductible a la seducción del enemigo. Éste, mientras tanto, no se dormía en los conquistados laureles. Un nuevo edificio se alzaba velozmente entre las dos ciudades. Pronto se vio que era una altísima torre, en cuya cúspide había un cilindro metálico, provisto de enormes brazos que sostenían una gigantesca rueda. Sentados en esta rueda, que estaba hecha de acero y que tenía paredes, techo y ventanas, los curiosos del mundo entero podían visitar desde el aire, sin correr el menor peligro, esa extraña reliquia del pasado que era Constancia, la Vieja.


Por el mismo tiempo en que se hizo la Rueda, la montaña que respaldaba a la Vieja empezó también a desmoronarse. Era increíble, pero así era. Los constantinos volvieron a dividirse. Unos se aplicaron con fervor renovado a completar las murallas, para suplir la defensa que antes les había representado la roca viva; otros, en cambio, renovaron sus deseos de huir de allí. Por otra parte, la Nueva Constancia no había dejado de crecer; en cuanto dejó de existir la montaña, la meseta que apareció en su lugar se pobló bien pronto, de modo que la Vieja Constancia se vio rodeada por todas partes por la ciudad nueva. Era ya, de hecho, una isla. Una isla de antiguos respetos, de antiguo lenguaje y de antiguos amores, en medio de una ciudad-universo que brillaba, rumoreaba, reía, se agitaba, se mareaba y crecía sin pausa, pero que, por sobre todo, se transformaba siempre, como si a nada temiera excepto a parecerse a sí misma. Acaso, aunque esto es parte de una leyenda que los historiadores no se atreven todavía a confirmar, hubo un momento en que el dictador de la Vieja Constancia, cargado de años, de verdades ya insoportables y aun, quizá, de crueldades de justificación problemática, quiso pactar con el representante ―siempre renovado, siempre joven, siempre sonriente― de la Nueva Constancia. Y éste le habría respondido que no dejarían nunca de sitiar a la Vieja Constancia, mientras ésta no aceptara las antiguas condiciones impuestas en su momento. Que no lo hacían ya, como acaso pudiera suponerse, porque todavía estuviera en juego el orgullo del Imperio; sino porque la Vieja era parte de los atractivos de la Nueva, algo así como su museo viviente, a cuya enigmática presencia acudían diariamente miles de turistas; que no querían perder, mientras fuese posible conservarlos, esta interesante fuente de ganancias ni el mito secular de dominación y de resistencia que la sostenía; que su estrategia se remitía a un plan original, ideado por un legendario Emperador a quien los libros de historia llamaban César el Providente; plan que le habría sido sugerido por un tribuno de la duodécima legión, llamado Áureo, o bien, por una esclava enfermera, llamada Translúcida;[1] que bien comprendían que, por desgracia, los días de la Vieja no serían eternos, pero que en definitiva (y para ser francos) resultaría un oprobio para ambas partes claudicar de ese modo. Al llegar a este punto, el joven y afable representante de la Nueva le habría palmeado el hombro al viejo dictador de la Vieja y le habría dicho, en el idioma de la Vieja, que había aprendido con corrección en uno de los muchos colegios de la Nueva:


―Ánimo, compañero, que ya está todo perdido. Apenas si fuimos, usted y yo, un breve capítulo en la historia de la ciudad. No en la historia de dos ciudades ―y aquí sonrió al advertir que el otro había captado la cita― sino de una sola: la única, la que abarca el planeta entero, la que nos tiene desde hace tiempo, ahora y para siempre, clausurados a todos.




[1] Posible error de traducción, por “sutil” (N. del T.).

martes, 1 de diciembre de 2015


Iurare in verba magistri

 

A Gustavo Lambruschini

 

            Me reencuentro, no sé si por azar, con estos versos, tan citados, de la primera epístola de Horacio. Los llevé largo tiempo conmigo, después quedaron en algún rincón de la memoria y ahora vuelven, como obedeciendo a un remoto ciclo planetario:



 
Ac ne forte roges quo me duce, quo Lare tuter;
nullius addictus iurare in verba magistri
quo me cumque rapit tempestas deferor hospes.
 
Y no me quieras preguntar qué jefe o qué escuela me guía:
no apegado a jurar por las palabras de maestro ninguno,
donde la tempestad me arrastra, como huésped me acojo.


 

            El interlocutor es, por supuesto, Mecenas. Y la negativa anticipada del poeta tiene su razón de ser. Ya no quiere que le pregunten si es un epicúreo consecuente (o sea, un nitidum Epicuri e grege porcum), o acaso un cínico, un peripatético o un estoico... Ya no lo quiere. Et pour cause. En aquella Roma tan urbana y tan escéptica, como en el mundo tan desinhibido y libre de hoy, había que ser algo. Había, hay que tener encima algún rótulo que les permita a los otros catalogarnos. Horacio se niega. Por eso, sin duda, se queda solo. Mejor dicho: está solo. Benditamente solo, no meramente en su finca de la Sabina, rodeado del murmullo del aire en las altas ramas y de la fuente de Bandusia entre las ramas sonoras, sino en su soledad ideal de poeta filósofo, que no se casa con nadie, que no jura sobre el libro de ningún maestro y prefiere oír lo que le susurran las hojas. Es claro que hoy no podría ganar un concurso universitario.

            Werner Jaeger nos recuerda, para nuestra sorpresa quizá, que “las sectas, el dogma y la teología son productos distintivos del espíritu griego”. Pero –agrega– “no es de la religión griega de donde brotan, sino de la filosofía, que en la época helenística estaba dividida en un buen número de sectas, definida cada una por su propio y rígido sistema dogmático”. Ahí tenemos la paradoja de que el mismo pueblo que inventó la democracia y la expresión sin ambages o parrhesía, después inventó también la obligación de pertenecer a algún grupúsculo o conventículo, de sostener a rajatabla algún dogma y de jurar sobre la palabra de algún maestro. Esto llegó por supuesto a Roma, pero allí (Dios sabe por qué) el espíritu de un Cicerón o el de un Horacio se negaron a acatar la orden. Como se sabe, los manuales llaman eclecticismo a esta actitud, pero me pregunto si no podríamos llamarla sencillamente libertad. Echar mano de las teorías como quien usa una caja de herramientas, he oído decir que dijo un filósofo. Otros, más cautelosos o más timoratos, piensan que no hay herramientas neutras, que todas llevan la marca de la ideología a la que pertenecen y que (por lo tanto) “hay que tener cuidado” con los conceptos que uno esgrime o maneja, no sea cosa que nos confundan con lo que no queremos ser...

            No sé qué siente mi lector, pero creo estar un poquito harto de esas personas que, cuando les presentamos una duda o un problema o una crítica, nos responden citando el manual, no sólo ab ovo usque ad malum, desde el huevo hasta la manzana o desde el aperitivo hasta el postre, sino también ad nauseam. ¿No se siente mi lector, ante actitudes semejantes, ligeramente subestimado? ¿No siente la sutil condescendencia de quien cree que hemos olvidado la lección y que por ende necesitamos que nos la repitan? ¿No sentía mi lector lo mismo cuando, en la escuela, un compañero se sacaba un diez por repetir en el frente, igual que un magnetófono o un loro, el medio párrafo que el profesor nos había indicado, y que con pudoroso lápiz habíamos marcado en el libro con las palabras “desde” y “hasta”...? Ya me parecía. Coincidimos entonces. No somos afectos a repetir el manual, no somos adictos a la palabra magistral. Diga lo que diga, el parrafito proviene en última instancia de un ser humano como yo, que como yo puede acertar o puede equivocarse, no de alguna aterradora divinidad incógnita que lo pronunció in illo tempore, ante la consternada expectación de sus apóstoles. En todo caso, me parece más coherente la existencia de católicos o mahometanos dogmáticos y ortodoxos, que la de marxistas, guevaristas, maoístas, heideggerianos o bourdieuanos o luisd’elianos dogmáticos y ortodoxos. Hermoso sería prescindir de los sufijos –ista y –ano. Hermoso sería ser libres. Permitirnos, como quería Tácito, sentir lo que queramos, y no solo decir lo que sentimos. De poco vale la libertad de expresión, si no somos libres de pensar. Si hemos renunciado a pensar, mejor dicho, por la comodidad de repetir lo que otros pensaron. O por el miedo a coincidir con quienes creemos niños muy malos, servidores de Satanás.

1 de diciembre 2015

sábado, 2 de agosto de 2014


Fuera del manual




             Hay personas que no duermen tranquilas si su conciencia les reprocha un pecado venial: una mala contestación, la omisión de una fecha, una carta no respondida; otros pierden el sueño si algún título de su bibliografía lleva más de cinco años de publicado. En 2006, recuerdo, una perentoria colega afirmaba: “Nada anterior al 2000”. Este segundo caso no es el mío: les ofrezco a mis alumnos, de todo corazón, novedades como Materia y forma en poesía, de Amado Alonso, fechada en 1953, Literatura Europea y Edad Media Latina, de Curtius, que es de 1948, e incluso la Poética de Aristóteles, que ha de ser de 340 antes de Cristo. Quizá haya un justo medio entre ambos extremos: Horacio en una de sus sátiras dice que debe haber un punto de equilibrio entre el célebre eunuco Tanais y el suegro de un tal Viselo, que acarreaba una hernia no menos proverbial. Lo cierto es que alguien me sugirió que actualizara un poco mi lista; hice una breve excursión a la calle Corrientes y así pude leer, por ejemplo, el magnífico ensayo de Jerome Bruner La fábrica de historias (2002): una convincente demostración de que el mundo en que vivimos o creemos vivir y aun lo que somos o creemos ser no son cosas ajenas al relato que nos forjemos de ellas: se rigen por leyes narrativas y, en gran medida, sufren la influencia de la buena o mala literatura.
            Cayó asimismo en mis manos un Manual de crítica literaria contemporánea (2008), debido al teclado de Fernando Gómez Redondo. Empecé a leerlo con interés: el libro pasa minuciosa revista a cuanta escuela o corriente crítica ha surcado los cauces literarios a partir de la segunda década del siglo xx. La historia empieza, en efecto, con los formalistas rusos, y concluye con las más recientes reivindicaciones de género y la consiguiente discusión sobre el canon en los Estados Unidos. Me llamó agradablemente la atención que se dedicara un capítulo a la estilística de Spitzer, Vossler y los dos Alonso. El interés de mi lectura se mantuvo largo rato, pese a la incomodidad que genera el formato de manual respetado a rajatabla por Redondo. Así, muchas veces el examen de las dificultades y límites de una teoría se queda trunco, porque parece haber cierta urgencia de pasar al capítulo siguiente. Uno tiene a veces la sensación de que está siguiendo un curso acelerado, a la medida de esos estudiantes que quieren obtener su diploma en el menor tiempo posible. Con todo, siempre es reconfortante tener en las manos un libro que se presenta como exhaustivo: leyéndolo, estaremos bien enterados, quedaremos a salvo de una mala sorpresa... Sinceramente, al leer el índice pensé que de verdad me hacía falta: ¡cuántos nombres de la crítica literaria contemporánea, muy importantes al parecer, desconocía yo a la perfección! En cierto momento de mi lectura, sin embargo, me gopeó esta cita, atribuida a Tzvetan Todorov:
 
  “Los cuentos particulares que encontramos en el Decamerón no los consideraremos en sí mismos sino en relación con el análisis de la narración, que es una unidad abstracta. Cada cuento particular no es más que la manifestación de una estructura abstracta, una realización que estaba contenida, en estado latente, en una combinatoria de las realizaciones posibles.”
 
            Así pues, gracias al sr. Todorov (debemos tomar la cita por auténtica, si Todorov no ha demandado a Gómez Redondo por calumnias) la literatura queda bien aislada y desinfectada. Por la astucia del crítico, Boccaccio ya no podrá sorprendernos, inquietarnos, conmovernos o hacernos reír; es casi seguro que no lo leeremos siquiera, puesto que sólo nos importa ahora la estructura abstracta; y puesto que desentrañar el abstruso lenguaje del crítico usurpará el tiempo que acaso hubiéramos perdido (porque las horas de lectura gozosa no pueden caber en un curriculum) divirtiéndonos con las siempre variadas, siempre aventuradas y riesgosas y vagabundas ocurrencias del cuentista italiano. ¡Qué engañados estábamos al suponer que cada cuento valía por sí mismo, que podía aspirar a un lugar en nuestra imaginación y en nuestra memoria! Ahora sabemos que cada cuento particular no es más que la manifestación de la estructura abstracta...
            A partir de aquí, lo confieso, mi interés de lector decae. Comprendo, vagamente, que me interesa la literatura, no esto. Igual persevero, leo, hojeo, salteo, busco el final. Cerrado el volumen impreso en muy buen papel y con elegante tipografía noto una ausencia. En el dialecto de Borges se diría que este exhaustivo manual no tolera la más remota mención de George Steiner: ni siquiera una nota al pie o alguna alusión casual a quien es para mí uno de los mayores maestros vivos del arte de la crítica. Dado que el libro, contra mis previsiones, prescinde también de un índice de nombres propios, lo repaso con cuidado, ab ovo: y no está. Tan clamorosa ausencia me mueve a descubrir otras. En el capítulo dedicado a la crítica psicoanalítica, por ejemplo, no aparecen Joseph Campbell ni Bruno Bettelheim. Cuando se habla de mitos, no se lo nombra a Mircea Eliade. Brillan por su ausencia nombres para mí insoslayables, porque son verdaderos maestros de lectura: Albert Béguin, Isaiah Berlin, Raimundo Lida, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Claudio Guillén, Alfonso Berardinelli... Ahora que pienso, el único italiano al que se estudia en este libro es Umberto Eco. No se nombra a ningún americano que haya tenido la absurda idea de nacer al sur del Río Grande. Parece que los latinoamericanos, para este exhaustivo investigador de la crítica literaria contemporánea, no existimos.
            Releo, para no ser injusto, el preámbulo, las conclusiones, algún lugar donde el autor se excuse por las inevitables ausencias, por los límites que impone un manual, por el recorte que ha debido hacer... No hay tal lugar. Me pregunto entonces por la razón de todas estas omisiones: busco su común denominador. Quizá sea éste: quedan excluidos del manual todos aquellos críticos que no han logrado, sabido o querido promover ningún –ismo, o siquiera una –ística. Quedan excluidos los solitarios, los extraterritoriales, los que no pueden ser clasificados y debidamente encasillados. Esto último es decisivo. La premisa parece ser: quepo bien en algún nicho de la tabla, luego existo. Existo, lo más lejos posible de la literatura, del goce y de la aventura de leer. Todo debe quedar bien cuadriculado, puesto en un sitio delimitado de donde no se salga, donde no pueda inquietar.
            El propio Steiner, en un trabajo sobre Shakespeare, ha advertido que el crítico suele experimentar un sentimiento de inferioridad frente al autor; acaso siente, dice, lo que el envidioso Casio sentía ante César: “Él se pasea por el estrecho mundo como un coloso, mientras nosotros, hombres pequeños, vamos entre sus enormes piernas en busca de una tumba sin honor”. Hace falta generosidad, incluso grandeza, para superar esta miseria y ser leales al creador que procuramos leer. Esto explica, tal vez, el inocultable recelo, si no francamente el odio, que trasuntan estos análisis cuasi matemáticos practicados sobre la obra de arte, a la que de hecho ocultan bajo su maraña de tecniquerías. ¡Tan lejos de la máxima con que Steiner abría su primer libro, Tolstoi o Dostoievski, donde afirmaba que la crítica literaria debería nacer de una deuda de amor!
            Creo que un manual como el que ha escrito el señor Redondo, nacido de una fundamental incomprensión para todo aquello que escapa a las facilidades de un “clasema”, sólo puede aspirar a un lector desgraciado, es decir, sin gracia, para quien la lectura de un relato o de un poema es mera obligación académica, un triste y absurdo deber que nadie entiende por qué se ha impuesto. Me inquieta, casi me angustia, que libros como éste sean puestos en sede central de las bibliografías. Se me dirá que son útiles. También son pasmosamente aburridos y, lo que es mucho peor, no alientan, no invitan, no incitan a leer; no digamos a leer a Todorov, lo cual pudiera ser pese a todo fructífero; sino a Kafka, a Balzac, a don Juan Manuel o a Virgilio. Esta incitación es lo que he buscado siempre, lo que a menudo he encontrado y después he confiado a mis alumnos, en los mejores críticos que conozco y que me acompañan en la perpetua aventura de leer: Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato, Octavio Paz, Amado Alonso, Marcelino Menéndez Pelayo, Karl Vossler, Albert Béguin, Julio Cortázar, Pablo Anadón, Werner Jaeger, Gérard Genette, George Steiner... y tantos otros. ¡Por supuesto, no pretendo ser exhaustivo!
            A modo de íntimo y personal desagravio, y también como antídoto, releo enseguida uno de los últimos libros de Steiner: Lecciones de los maestros. Lo leo, me doy cuenta, como oyendo una recóndita admonición que brota del manual de Gómez Redondo. ¿Y si Steiner no fuese realmente un crítico, stricto sensu? Al embarcarme ahora en esta oceánica lectura, veo con abrumadora claridad que Steiner no puede caber en ningún manual porque es mucho más que un crítico académico o un patrocinador de –ismos. En su prosa, la literatura no queda aislada de la filosofía, de la música o de la historia. De hecho, este libro concluye con el poema de Nietzsche “Oh Mensch! Gieb Acht...”; Steiner lo traduce (yo leo la poco piadosa traducción de la traducción)[1] y comenta: “Un titubeante intento de traducción, cuando ya hay uno supremo: en la versión de Mahler. De Maestro a Maestro.” Busco en el acto la música a la que se alude, el cuarto movimiento de la Tercera Sinfonía de Mahler. Escucho, me asombro, me emociono... Esta es, justamente, la tarea del crítico: ampliar el horizonte de su lector, llevarlo a preguntar otras cosas, a ir más allá. Ni las mayúsculas de Steiner son un detalle: un verdadero crítico sabe admirar.
            Steiner, en fin, como otros maestros que admiro, no tiene miedo de escribir bien; no pretende estar de vuelta de todo o carecer de opinión, no profesa el ateísmo literario ni se abstiene del trato directo con la poesía. No usa pinzas, tenazas ni brazos mecánicos para diseccionar los textos; los acaricia, usa las manos, se regocija en el divino contacto con lo perdurable. No cree ser más inteligente que el creador; no quiere obliterar con tonterías la palabra del genio. No anhela ser encasillado o ser parte de un grupo, equipo, cenáculo o pandilla. Nos invita a leer, a leer más, a descubrir afinidades secretas, a entender un poco mejor este mundo y acaso sospechar qué diablos estamos haciendo en él. Y por todo eso, me digo, es realmente una deferencia del señor Redondo haberlo dejado fuera de su manual. Steiner ha escrito que las grandes obras de arte llegan a nosotros como vientos de tormenta, que abren de golpe las puertas y ventanas de nuestra percepción. Felices, entonces, los excluidos del manual, porque de ellos será, tal vez, el cielo abierto de la literatura, la perdurable e inagotable alegría de leer.



[1] Mejor me parece la que transcribo, tomada de la versión del Zarathustra por el escritor que se ocultaba bajo el pseudónimo de Juan Fernández: “Hombre, ¿no escuchas con atento oído / lo que te dice la profunda noche? / ‘Yo dormía, dormía, mas de pronto / de desperté de mi profundo sueño... El mundo es muy profundo, más profundo / de lo que te parece al ser de día. / Profundo es su dolor. Oh, la alegría / es más profunda aún que todo duelo. / ¡Pasa! dice el dolor; mas la alegría / siente el ansia inmortal de una profunda / eternidad y aspira a ser eterna.”

domingo, 30 de marzo de 2014


  

El uniforme
 
A la memoria de Alejandro Dachary
 
    En el ropero de la madre cuelga
    vacío para siempre el uniforme
    y encerrado en la sombra apenas puede
    asustar el insomnio de los niños
    o presentar su inhóspita medalla
    al sol que en las mañanas lo revista
    de tanto en tanto. Resignadas pasan
    las manos viejas por la muda lana.
    Las horas de la casa en la penumbra
    lo conservan, bastión de lo llorado,
    y el recuerdo querido que lo llena
    no tiene nada de áridos honores,
    sorda soberbia, espadas y desfiles,
    ni es el teniente, el héroe y el soldado.
    Sólo es el hijo que se fue y no vino.
 
Escrito en Concordia, 
el 26 de abril de 1982
 

lunes, 10 de febrero de 2014

La Arcadia del presente


            Hoy, 9 de febrero de 2014, un domingo que amanece lluvioso, el penúltimo domingo de las vacaciones de verano, me despierto preguntándome vagamente qué será de mí; desayuno junto a Celina, mientras la nena todavía duerme; Fermina, la gata madre, se termina a breves lengüetazos unos restos de quesito untable que Celina le ha dado; Ovidio va y viene, cabizbajo; anoche fue castigado por llevarse y enterrar en el fondo un zapatito de Esmeralda. Con la primera tostada, un verso vuelve a la memoria, aprendido y saboreado en mi niñez remota, y en la voz de Serrat. Un verso lleno de resonancias, que nos deja soñar más allá del contexto en que aparece. Prisionero en la Arcadia del presente, escribía Antonio Machado. Escribía, escribe, escribió. Hoy solamente ocurre la vida, hoy solamente es hoy, aunque nos veamos siempre en una línea movediza que viene de ayer y va a mañana, intervalo fugaz de ansiosa desazón entre el pasado abrumador y el futuro inquietante.
            Vuelvo a oír la canción y a leer los versos. El poema dibuja a un hombre anodino, indolente, negligente: la imagen misma de la nonchalance. Ese hombre es el que está prisionero en su presente, en su Arcadia, en un dichoso e inaferrable territorio; un territorio a salvo, quizá, del dolor, a salvo del temor y de la esperanza, un refugio ilusorio contra el tiempo, aunque su cantar se reduzca al seco golpe de los tacos en la mesa de billar y su poesía última sea la del olivar que aguarda la tarda lluvia. Bajo el bigote gris, labios de hastío / y una triste expresión que no es tristeza, / sino algo más y menos: el vacío / del mundo en la oquedad de su cabeza. ¡Un vacío en una oquedad! O es que, acaso, la oquedad de ese cráneo sabe vaciar la plenitud del mundo, logra anular lo que emerge distinto y fresco en la nulidad de lo consabido, puede en definitiva exclamar, como la bestia paradójica que definía el propio Machado ―el hombre, ese animal absurdo que necesita lógica: Ya estoy en el secreto: ¡todo es nada!
            Sin mucho esfuerzo, creo, se pueden poner al lado del personaje de Machado estos otros endecasílabos, que Mastronardi predicó de sí mismo: Sólo recuerdo y paz, nada te asombra: / gastaste un hombre para verlo en sueños / y has creado libertad para una sombra. Preciso y trágico, el poeta argentino trazaba aquí su autorretrato, sin la ironía compasiva, sin la atmósfera difuminada del español, que prefirió esta vez ocupar su pincel en fijar el rostro de otro... Y es notable que el poema de Machado se llame “Del pasado efímero”; yo supongo que el poeta pinta a un ejemplar de la generación anterior a la suya; pero también es posible que ese hombre sin metas, que parece casualmente arrojado a la playa por un río de olvido y allí quedó varado para siempre, en su presente arcádico, sea el residuo de un pasado que nada trajo, que no ha dejado nada. Para que no dudemos, el poeta aclara: Este hombre no es de ayer ni de mañana, / sino de nunca. De la cepa hispana / no es el fruto maduro ni podrido, / es una fruta vana.
            ¡Ay, cuánto miedo tengo, Dios mío, de ser yo ese hombre!

domingo, 19 de enero de 2014



Ariadna en Naxos
 
                 Cierto, es vivir apenas este instante,
                    como la perfección de esa belleza
                    de mujer que se duerme en la espesura,
                    que reposa sin ansias, sin esperas,
                    y a la que atisba en su futuro un niño
                  que ablandará ese vientre y esos pechos,
                    que abrirá sin piedad esas caderas.
                    Sólo ese instante en que ella es tan hermosa
                    como la música indecible y pura,
                    como el ave en el aire, como el día
                    suspendido en sí mismo y derrumbándose
                    hacia el anochecer, hacia la nada.
                    Sólo ese instante mudo en la espesura.
                    Sólo ese instante y nunca más y olvido.

martes, 14 de enero de 2014


La tela de Penélope

 Por ella nuestra tela está tejida...
 Rubén Darío
       
        En los días y noches del palacio
        de Odiseo, en su Ítaca profunda,
        Penélope tejía y destejía.
        Así el hilo del tiempo en el espacio
        trama y destrama la ilusión fecunda
        desde el primer vagido a la agonía.
 
        Pero tan claro el símbolo parece
        que tal vez engañoso al cabo sea,
        como exceso de luz en la mirada.
        Penélope anochece y amanece
        y a la luz parpadeante de una tea
        teje y desteje en su telar, callada.