viernes, 31 de mayo de 2013



Acerca de la literatura y su enseñanza

            El concepto de lectura creativa no es nuevo, por cierto, pero hace poco Pablo Anadón volvió a ponerlo sobre la mesa, citando un pasaje del libro Pasión intacta, de George Steiner. Éste (recordando a su vez palabras de Péguy) dice que una “lectura bien hecha” es aquella que completa y corona la obra de arte; el lector tiene, en efecto, la responsabilidad “casi aterradora” de cooperar con el autor. Es claro que esa “lectura bien hecha” no puede dejarse, según Steiner, librada “a los todopoderosos especialistas”... Pero ¿dónde encontrar entonces los lectores capaces de hacerla? El maestro se responde, con modesto orgullo: “Confío en que sabremos formarlos”. Y prosigue:

         Tendremos que empezar por el nivel de integridad material más sencillo y, por lo tanto, más preciso. Debemos aprender a analizar las frases y la gramática de nuestro texto, porque, como Roman Jakobson nos ha enseñado, no es posible acceder a la gramática de la poesía, al nervio y a la energía del poema, si permanecemos ciegos a la poesía de la gramática. Tendremos que volver a aprender la métrica y aquellas reglas de escansión que eran familiares para los escolares ilustrados de la época victoriana. Tendremos que hacerlo no por pedantería, sino por el hecho abrumador de que en toda poesía, y en una gran proporción de obras en prosa, el metro es la música que controla el pensamiento y la sensibilidad. Tendremos que despertar los entumecidos músculos de la memoria, redescubrir en nuestros vulgares yos los enormes recursos de memorización precisa, y el placer que procuran los textos que hemos alojado para siempre en nuestro interior. Buscaremos aquellos rudimentos de reconocimiento mitológico y escritural, de recuerdo histórico compartido, sin los cuales es casi imposible salvo con el apoyo constante de notas a pie de página cada vez más elaboradas leer correctamente una línea de Chaucer, de Milton, de Goethe o, para dar un ejemplo deliberadamente modernista, de Mandelstam (uno de los maestros del eco). 

            Se trata, entonces, de abrir puertas al texto, de entrar y demorarse en él todo lo necesario, hasta empezar a oír lo que el texto tiene que decirnos, en su propio e intraducible lenguaje, como testimonio humano y como obra de arte (son dos aspectos de lo mismo). Sólo así podemos aspirar a una lectura que no se limite a repetir los juicios sumarios de los manuales. Pues sólo el candor del principiante puede soñar que el texto aparezca de verdad desnudo ante los ojos que lo registran por primera vez; siempre aparece velado por los prejuicios que todo lector arrastra y que una sana teoría debe encargarse de apartar o al menos de remover. Una lectura, en suma, como la que realizaron los maestros de la estilística,[1] sostenida por una teoría que intente ir hacia el texto literario, no convertirlo en un pretexto para hablar exclusivamente de otras nociones teóricas, con todas las infinitas suspicacias inherentes al tipo de análisis que hoy predomina. Una lectura y una crítica que partan, como ha dicho el propio Steiner en otra parte, de una deuda de amor hacia el texto; del amor (permítasenos agregar) y no de la sospecha. Una deuda infinita, si consideramos, por otra parte, que el alma del texto permanece secreta y a salvo de una exégesis “definitiva”: 

   Un gran acto de interpretación nos acerca cada vez más al núcleo de la obra, y nunca se está demasiado cerca. La excitante distancia de una gran interpretación es el fracaso, la distancia a la que es impotente. Pero su impotencia es dinámica, es ella misma sugestiva, elocuente, articulada. Los mejores actos de lectura son actos de inconclusión, actos de intuición fragmentaria, de lo que rechaza la paráfrasis, la metafrase; que acaban diciendo: “Lo más interesante, de todo esto, no he sido capaz ni de rozarlo”. Pero lejos de ser una derrota humillante o una forma de misticismo, esta incapacidad se convierte en una especie de gozosa invitación a releer.[2]

            Al respecto, Alejandro Faure, reflexionando hace poco sobre esta “derrota dinámica” postulada por Steiner, recordaba un concepto del Banquete de Platón:

   [...] El amor es la búsqueda de lo que nos falta (búsqueda que tiene inicio pero no tiene fin, pues también el encuentro de eso que nos hace falta inaugura una nueva falta que a su vez abre una nueva búsqueda: tener por siempre eso que hemos encontrado). Un amor de este tipo parece surgir en nosotros hacia ciertas obras; un amor vinculado con la falta, con la búsqueda, con la interrogación, con la duda, con el fracaso y con el ya nunca dejar de volver a ellas, con el ya nunca dejar de interrogarlas, con el ya nunca dejar de buscar su alma. 
   Entonces, es inevitable al parecer enfrentarse a la sensación de frustración que surge de aquella búsqueda; pero, aún en este caso, es interesante pensar que el fracaso al que nos expone el intento de interpretar una obra -cuando, precisamente, se ama esa obra- no es nunca una impotencia paralizante, sino una impotencia fértil en preguntas que motivan a seguir buscando nuevas posibilidades en la misma obra o en otras obras del mismo autor ¿preguntas que motivan a seguir buscando nuevas posibilidades en medio de la imposibilidad?[3]

            Así pues, el amor es una busca incesante, pero que no está fuera sino dentro de nosotros. Si la obra de arte merece nuestra atención y nuestro tiempo, es porque abre caminos hacia el enigma más hondo, hacia el destino, hacia la intimidad del alma de cada hombre. Y en este sentido es justamente como la obra de arte se deja compartir entre personas de cualquier edad y de cualquier condición.
            Hasta donde alcanzamos a ver, el punto de partida de los análisis que hoy prevalecen, y de la teoría que los sustenta, está en las antípodas de lo que venimos afirmando. Consiste en considerar al texto literario como un fenómeno de comunicación y de lenguaje, apenas un tipo particular de discurso, sin otro privilegio que el que le confiere una tradición aristocrática (apelando al sentido nietzscheano del término);[4] tradición que resulta, por definición, sospechosa al discurso hegemónico. Se deja fuera, así, o al menos se soslaya, la consideración de la literatura como arte; se la estudia apenas como testimonio de alguna posición política, de alguna ideología de clase o de “género”. Se parte, incluso, de una tácita descalificación del arte, al que se ve como una superestructura o incluso como un sofisma. Hoy sólo parece legítimo hablar de fenómenos sociales. Se deja de lado el hecho de que las sociedades están compuestas de personas, cada una diferente de la otra, cada una el centro de su mundo, y que el arte se dirige a esa persona, no a la masa, y que lo hace de un modo complejo, sutil, casi secreto: único modo en que pueden esperar entenderse las complejas y sutiles almas humanas; en un lenguaje hasta cierto punto cifrado, pero que espera desciframiento: único puente capaz de atravesar el abismo entre un ser y otro. Nada de esto incumbe a la masa, nada de esto se deja entender mediante la fácil y engañosa ecuación que ve en cada hombre apenas un hambre. Antonio Machado (cuyo fervor popular está fuera de sospecha) decía hacia 1935, en su lúcido Juan de Mairena, que el concepto de masa entraña “la abstracción de todas las cualidades del hombre, con excepción de aquella que el hombre comparte con las cosas materiales: la de poder ser medido con relación a unidad de volumen”. Agregaba que “en estricta lógica, las masas humanas ni pueden salvarse, ni ser educadas”, aunque “siempre se podrá disparar sobre ellas”. Medio siglo después, el filósofo italiano Alfonso Berardinelli, no sin ironía, parece completar el pensamiento del poeta español: Le masse sono composte d’individualisti. Gli individualisti eseguono ordini che nessuno ha dato.[5] Pero es claro que un individualista es lo contrario de una persona, del mismo modo que un esclavo obediente es lo contrario de un hombre libre. Machado abogaba por una “escuela superior de sabiduría popular”. En ella, sería perfectamente posible y deseable leer a Platón, a Sófocles, a Dante y a Shakespeare. A nosotros nos parece sofístico el proyecto de ofrecer a los pobres (de espíritu o de bolsillo) las sobras del gran banquete de la filosofía y del arte; nos parece infundada la creencia, casi siempre implícita, de que sólo puede dárseles material licuado, filtrado o predigerido. Todo lo contrario: en nuestro concepto, los que se acercan a la escuela merecen que se les ofrezca lo más elevado. Merecen ser invitados a Cervantes, a Hugo, a Tolstoi, a Kafka, a Borges.
            Acaso la filosofía y el arte sean las vías regias para redimirnos de la banalidad circulante. Es trágico que no tengamos reparo en dejar de lado lo más valioso, pensando que los jóvenes están atrapados por otras cosas. ¿No les daremos siquiera la oportunidad de encontrar en la literatura y en la filosofía un camino para buscarse, para rastrear el posible sentido de su propia vida, no como números, no como votantes, no como prisioneros de un no lugar infinito, sino como personas humanas que tienen derecho a sentir su destino? La frase del joven Banchs: Pero las multitudes ¿qué me importan?, por fuerza ha de sonar revulsiva a los demagogos, que viven precisamente de esas multitudes, de su aquiescencia o de su resignación. Pero el dolor es de cada uno; y porque no somos comparables a números ni a engranajes ni a borregos, cada uno de nosotros (pobre o rico, joven o viejo, hombre o mujer) repite tácitamente la frase de Banchs cada vez que la angustia lo agarra por el cuello.
            Lo que intentamos definir como amor por el texto (etimológicamente, filología) de ningún modo supone soslayar el estudio minucioso y meditado de su forma y de los artificios que contribuyen al mensaje total. Subrayemos todavía un adverbio que usa Steiner, en el primero de los textos citados: habla de “leer correctamente” una línea. Si el lector no percibe un pentámetro yámbico, es literalmente incapaz de leer un verso de Shakespeare, y si no percibe el endecasílabo, es inútil que analicemos la muerte de Garcilaso (como autor), porque está muerto de un modo mucho más drástico. Se trata, en fin, de la muerte de la poesía. El arte exige de quien lo practica conocimiento y destreza; si un músico no sabe mover los dedos sobre su instrumento, fracasa; ¿qué diremos de un lector que no sepa encontrar en su texto los puntos neurálgicos, que no pueda captar la resonancia de las palabras, o que piense que todas valen más o menos lo mismo? En el verso de Lugones Llueve en el mar con un murmullo lento, la palabra murmullo es irremplazable: si en su lugar pusiéramos un sinónimo (incluso con la misma cantidad de sílabas, como susurro, pero que destruye la aliteración) el verso moriría como verso. En La tía Tula, de Unamuno, la protagonista argumenta ante su confesor que no puede casarse con su viudo cuñado, padre de sus sobrinos, porque lo quiere como a un hermano, o mejor, como al padre de sus hijos. Quien pase por alto esa frase, quien la vea como una frase más o como un adorno, se privará de dar la más profunda ojeada al secreto del personaje, y así, al fondo de la obra que lee.
            Propugnamos, en definitiva, una lectura de tipo estilístico, que se adentre en el texto y vaya mostrando las diferentes capas que lo componen, hasta alcanzar, si fuera posible, las fuentes míticas donde se mueve su vida profunda. No se nos oculta, por cierto, que la noción de “leer correctamente entraña una ideología. Desconstruir esa ideología, también.


[1] La estilística, inaugurada por Charles Bally y desarrollada luego por Karl Vossler y Leo Spitzer, tuvo en nuestra lengua maestros tan notables como Amado Alonso, Dámaso Alonso, Raymundo Lida y Pedro Henríquez Ureña. La cita admirativamente Gérard Genette en sus Figures. Blanco Encalada dice que la estilística fue en el ambiente hispánico la principal fuente de renovación crítica hasta que empezaron a conocerse entre nosotros los trabajos de los formalistas rusos. La coincidencia básica es clara: se trataba de entramar en la teoría y la crítica literaria los conceptos de la lingüística post-saussuriana. Mejor dicho: de devolver a su fuente muchos de esos conceptos. No olvidemos que Jakobson fue primero crítico y luego lingüista.
[2] Steiner, Los logócratas, 2003.
[3] Comunicación privada (citado con autorización).
[4] La observación pertenece a Fernando Márquez.
[5] “Las masas están compuestas de individualistas. Los individualistas ejecutan órdenes que nadie ha dado”. Berardinelli, L’esteta e il politico, 1986.